sábado, 8 de febrero de 2014

Conjunción anímica

Esa tarde habían quedado; recelos y nervios de ella, impaciencia de él, hablando de todo menos de lo que el aire entre ellos susurraba, se sentaron en un pub, al perfil de la chimenea, poniendo ella un cojín en medio como parapeto entre su historia de mutuo acuerdo cercenada. Ella controló hasta lo insoportable aquella situación, sabía que no podía hacer aquello de morderse el labio, gesto tan suyo y natural , pero que prendía el deseo de él. También controló miradas, escudándose al abrigo de observar el fuego. Después de dos horas y pico (instantes) de evitar el tema que ambos respiraban, ella se tuvo que marchar y él, como de costumbre, la acompañó al coche. Dos besos,uno por mejilla y abrazo fugaz, también controlado por parte de ella, hasta que por fin se metió en el coche sin hacer algo que también en otro tiempo acostumbraba. Ya no tuvo que dominarse más,solo dejarse llevar y relajar. Un descanso y entonces con las sienes lo llamó tan intensamente, que ella sabía que él haría lo posible por perseguirla con el coche para poder alcanzarla, al menos para poder saludarse un segundo, un breve gesto con la mano que disfrazaría de nuevo el resto, pero por más que lo intentó adelantándose entre los coches,no lo consiguió y ella hasta llegar a su destino miró tantas veces el retrovisor al tiempo que lo llamaba... pero las imágenes del espejo no le trajeron la suya. La luna, a punto de aparecer,sonreía al observar aquella conjunción de almas.

Capricho de dioses y satélites

Y de nuevo estaba allí, él,como cada día, pero aquél era distinto, porque él se mostraba especialmente juguetón. Empezó desde por la mañana en clase donde él, poniéndole "caritas", reclamaba sus caricias y ella más tarde se las concedió, cogiendo su cara entre las manos y consiguiendo que al compás de su roce él se durmiera, al poco ella también dormía a su lado,con una sensación de "que no acabe nunca". Escuchaba su respirar, la de él, a pesar de estar dormida, esa respiración que cada vez se fue haciendo más profunda hasta convertirse en una oleada de gemidos que el balanceo de su cuerpo, el de él, hacía una combinación gráfica y evidente."Sabes lo que te está haciendo ¿verdad?, te hace el amor", dijo una voz en su mente y ella, solo pendiente de aquella danza que seguía los ritmos de su alma, no se atrevía a moverse para no disipar el momento, permanecía acurrucada en aquél bienestar con la inútil intención de eternizarlo. Pero Morfeo, juguetón y caprichoso como él, emprendió la huída llevándose la alucinación onírica a otros lares, quizá hacia la luna, también veleidosa, que en ese momento quiso jugar al escondite.